Después de unos minutos de insistencia, Matías se cansó y se fue abrazado a su futura esposa, mientras nosotros seguíamos esperando a Diego. No planearíamos ninguna estrategia hasta que él llegara y nos diera su aval. Diego era el único soltero y, un poco por eso y otro poco porque era el que mejor jugaba, lo respetábamos más que a ninguno.
Llegó sin hacer mucho espamento cuando ya era de noche, típico de él, con sus infinitos cuadernos bajo el brazo y abrigado como si estuviera en Canadá. Apoyó los cuadernos, nos miró y como un médico que se dirige a la familia del paciente, dijo: No creo que podamos hacer nada. A los demás no nos cayó nada bien la repentina resignación. En el fondo, todos sabíamos que no se podía hacer nada, pero igual había que hacer algo. Diego se fue a lavar los dientes (siempre se lavaba los dientes antes de tomar alcohol) y mientras se enjuagaba, el portero golpeó la puerta. Le entregó a Juan un papelito. Juan se sentó, lo miró y anunció que para leerlo había que esperar a Diego. A Diego siempre había que esperarlo: al principio era molesto, pero a fuerza de insistencia, ya nos había acostumbrado.
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