DE LOS NATIVOS DEL ESCRITORIO
El sol nacía en algunas partes del planeta, y se ocultaba en sus opuestas. En Buenos Aires, Gabriel Flores se exponía a la vigilia por primera vez, aquel lunes de Abril. Como todos los lunes de Abril (y los de el resto de los doceavos del año), fue al baño a higienizarse. Quizás no tanto por gusto u obsesión por el aseo, sino más bien por el extremo énfasis con que las oficinas del centro porteño valoran la limpieza y la pulcritud. Parecía ser, a juzgar por sus conductas, que ser un tanto vanidoso era requisito indispensable para poder desempeñar las tareas que la empresa, con domicilio legal en la calle Reconquista, le demandaba.
Desayunó, con menos goce que velocidad, un café con tostadas, se abrochó el saco y se predispuso a salir de la casa, sonrisa en mano. Pero antes de abrir la puerta, recordó que la tarjeta con la que ingresaba al edificio en el que trabajaba, aún descansaba sobre el escritorio, en su cuarto. Fue a buscarla. Y los vio por primera vez. Abrió la puerta corrediza (que rechinaba hacía décadas) y, mientras se colocaba los anteojos oscuros, tomó la tarjeta del escritorio y los vio. Pequeños manchones de todos los colores del universo, sobre su escritorio, moviéndose, despidiendo pequeños gritos, ruidos. Inmediatamente se quitó los anteojos y se acercó lo máximo que pudo, con más temor que ansiedad. Y era mucha ansiedad. Los diminutos puntos de colores habían acaparado toda la superficie del escritorio (nueve mil centímetros cuadrados, para ser exactos) y parecían realizar todo tipo de actividades. Flores creyó, en una primera aproximación, que se trataba de hormigas, pero sabía que las hormigas sólo podían ser de dos colores, y en el escritorio había cientos. Sin pensar en nada, fue a la cocina, se preparo otro café, cerró la puerta de entrada que había dejado abierta, y fue a la despensa en busca de un microscopio. En el devenir de la extraña excitación que lo invadía, olvidó que nunca había comprado uno. Se conformó con unos viejos prismáticos que su padre le había regalado cuando era niño, y que él nunca había usado. Olvidó el café en la cocina y volvió al dormitorio con los prismáticos en la mano. Se acomodó, colocó un pequeño taburete debajo del escritorio, se sentó y cuando quiso beber el café, tuvo que volver a la cocina. Listo. Ya tenía todo lo que necesitaba. Alzó ese extraño invento para ver a la lejanía y lo calibró hasta que la imagen fuese nítida. Y en ese momento sí que los vio por primera vez. No eran manchas. No eran manchones. No eran hormigas.
Perplejo, escéptico y preguntándose que había la noche anterior, los vio, pequeños, indefensos pero seguros, vivos… hombres. Hombres, mujeres, niños, miles y miles de pequeños ciudadanos de un pueblo que se había creado por generación espontánea sobre su propio escritorio.
Extrañamente, Gabriel Flores nunca se cuestionó demasiado el origen de esa micro ciudad que vivía sobre esa caoba domesticada, no investigó las probabilidades de que suceda algo así (nulas, claro está), ni siquiera pensó en la forma científica, química en que esos organismos habrían podido generarse. Los aceptó, como algo natural. Como quien se despierta y amanece con una gran picadura en un brazo o una pierna. No más que eso.
Pequeños árboles, diminutos y semovientes ríos, insignificantes cauces, minúsculos hogares, mínimos océanos. Flores llegó a la conclusión de que se trataba de una población de aldeanos que, trabajaban todo el día para conseguir alimento. Todos tenían algo que hacer. Las mujeres lavaban las inconcebibles prendas de sus maridos, a la orilla de algún cauce, los niños correteaban en los bosques, y los grandes hombres (paradoja fácil) se dedicaban a la caza, la pesca o la tala árboles. Pensó que vivían de una forma muy similar a como lo hacían los humanos a fines del siglo XV, lo cual le trajo a la mente un viejo debate temporal, que le quitaba el sueño, cuando era joven. ¿El paso del tiempo era proporcional al tamaño? Un día, veinticuatro horas de la vida de Flores, ¿a cuánto tiempo de esos pequeños aldeanos equivaldría? Era inútil, por más que miles de científicos inventasen cálculos, todo era teoría. Meras suposiciones. Pero aún… ¿Utilizarían los pigmeos evolucionados el mismo sistema sexagesimal que el para medir el tiempo? ¡No tenía ningún sentido pensar! Los tenía ahí, delante de su rostro, podría evaluarlos, investigarlos, toda su vida si era necesario. Miles de hombres han dedicado su vida a teorizar, a suponer. El era, ahora, el dueño de una sociedad. Aquella frase le resonó en el cráneo. Era el dueño de esa pequeña sociedad, de ese ridículo ecosistema.
Fue cuando comprendió eso (la comprensión no siempre tiene que ver con la verdad), que notó con gran entusiasmo y decepción que los exiguos hombrecitos nunca miraban hacia arriba. Es decir, ignoraban su presencia. Quizás, hasta ignoraban su completa existencia. Gabriel era trescientas veces más grande que los campesinos de su escritorio, y ellos ignoraban su existencia. Los observaba, gobernándolos con la mirada, y ellos ignoraban su existencia. Podía destruir toda su ínfima nación con una mano, y ellos ignoraban su existencia. Flores se sintió rey, el hombre más poderoso del mundo (o al menos, de ese mundillo). No es necesario que los dominados sientan temor por el dominador, para que éste sienta el poder en sus manos.
Los días transcurrieron sin que Gabriel se diera cuenta de que no había ido a trabajar durante semanas. De hecho, no había salido de su casa. El teléfono había sido descolgado, el mundo exterior ya no importaba. Se le ocurrió, en esos días de avistamiento obsesivo, la posibilidad de dar a conocer ese inapreciable mundo que le pertenecía. Tardaría pocos días en cosechar una vasta fortuna. Pero luego pensó que, si eso sucediera, ya no seria sólo él quien tuviera poder sobre los pequeños. Y más vale ser un rey pobre, que un cortesano adinerado. Por eso, ya nunca abandonaba su habitación ni dejaba entrar a nadie a la casa. Sólo se alejaba los minutos necesarios para buscar la comida, que ingería sobre el escritorio mismo, procurando no romper nada, no alterar el libre albedrío de los inocuos seres que allí moraban.
A pesar de la soberanía, del extraordinario poder que sentía sobre ese insustancial mundo que nacía, evolucionaba, se reproducía y moría en su escritorio, Flores nunca intervino ni interactuó jamás. Solo los observaba. Era demasiado placentero saber que, sin que nadie allí abajo lo sospechara, el podía destruirlos. De un solo golpe. No importaba que quizás nunca lo hiciese. El poder reside solo en la facultad, no en el hecho concretado. En el conocimiento de una posibilidad, de una única posibilidad que sólo uno mismo conoce. He ahí el poder.
De esta forma, el hombre que tenía vida en su escritorio, se paso semanas enteras observando, haciendo anotaciones, identificando a cada uno de los liliputienses con un número. La obsesión había llegado al límite.
Primero, dejó de beber café. Luego, abandonó el tabaco. En tercer lugar, se apartó de sus necesidades (el baño quedaba muy lejos) y, por último, desistió de comer.
Y así se quedo por el resto del año, observando, sintiéndolos, acostumbrándose a su presencia, percibiéndolos indefensos, pobres, diminutos, ilusos, y se quedo mirando… sabiendo que gobernaba su completa existencia, su vida, su muerte… y todo sin que ellos supieran de su existencia…
Hoy, desde mi pequeña casa, observo el cadáver del gigante, que yace, desnutrido, delante de su cama. No nos hace falta mirar hacia arriba. No es necesario que los dominados sientan temor por el dominador, para que éste sienta el poder en sus manos. Más bien es necesario que los dominados se crean dominadores.
Trate de no alarmarse ni confundirse, cuando luego de leer esta brevísima historia, usted me vea, pequeño e insignificante, observándolo desde su escritorio.




