CARACOL
Como me sucedía casi siempre; tenía que ir a un lado, pero quería ir a otro. Estaba solo en la estación esperando el inútil subterráneo que era algo así como un nivelador social. Para evadir mis pensamientos (y mis ganas de irme de todo), me puse a observar el quiosco de revistas: kilos de papel y litros de tinta tan mediocres como el tren que aguardaba. Nada valía la pena, ni en el quiosco ni en el subte. Parecía ser que todo lo que estaba bajo tierra era mundano, pero en el viaje sucedían cosas que no acontecían en la superficie, había algo especial que convertía en hermoso y sublime aún a aquel revistero lleno de mierda.
De todos modos, aún era joven. Creía en las obligaciones y responsabilidades, de modo que cuando vi la luz que presagiaba la llegada del primer vagón, lo abordé.




