LA QUINIELA

Si alguna vez he querido ser algún otro hombre, ya no lo recuerdo. Milagros, cada vez que puede, me recuerda que, efectivamente, he sido otros sujetos. Sujetos que le caían mucho mejor de lo que le cae este esposo en el que me he convertido. Casi siempre me recrimina esos abandonos de personalidad cuando observa detenidamente las resquebrajadas paredes de nuestro hogar; la total carencia de alfombra; o cuando se acuerda de la incumplida promesa de una luna de miel. Era cierto que Agostina había aparecido en el momento menos oportuno, pero eso era tanto responsabilidad mía como de ella.

 

Nos faltaban muchas cosas y no nos sobraba nada, especialmente desde hacía unos cuatro años y medio (unos meses antes del nacimiento de la niña), cuando tuve que relegar el anhelo de un taller propio, para dejar que Jorge me contratara de por vida. Ese año comencé a leer.

A veces quiero convencerme de que ya no la quiero, de que no necesito sus constantes humillaciones, pero más pronto que tarde reconozco que aún deseo su compañía. Quizás la quiera de un modo similar al que quiero a esos familiares molestos que aparecen en las fiestas para ser despreciables. Pero con Milagros, además de ese lazo afectivo original que me ataba a otros parientes, existía aún el deseo.

De todas maneras, de algún modo yo comprendía bastante bien sus humillaciones y sus insultos. No era la vida que yo le había prometido. Yo lo sentía menos, porque nunca me he prometido nada a mí, pero a ella le había fallado. Sobre todo, desde los últimos ocho meses, en los que toda esperanza de progreso se había visto desterrada para siempre: el taller de Jorge entró en crisis, había poco trabajo (y muchas deudas) por lo que debió cerrar el lote original (declarando legalmente su quiebra) y abrir uno más modesto con otro nombre. Obviamente, en esa transición se perdieron todos los contratos, los aportes jubilatorios, la obra social y demás cuestiones. Pero la mayor secuela se había manifestado en el pago: más allá de que el valor real de mi sueldo era cada vez menor, el patrón había decidido pagar por semana. Cada viernes, con suerte, nos traía un cheque de quinientos pesos a cada uno, aunque ya casi siempre eran cuatrocientos.

Por cosas como esta es que pienso que los enojos de Mili son justificados. Hasta hay algunas semanas en que Jorge, sin ningún aviso previo, no nos entrega cheque alguno. Pero, ¿yo que puedo hacer? Tengo más de cuarenta y cinco años, no tengo ningún oficio… Si me voy del taller, ¿quién sabe cuánto tiempo puedo tardar en conseguir otro trabajo?

El viernes de una de las últimas semanas de diciembre, llegué al taller y cuando bajé a la fosa lo vi al Cuerno sentado, con las piernas cruzadas y llorando:

-No nos paga Alvarito. El muy hijo de puta no nos paga. – trató de respirar más tranquilo y agregó – La semana que viene es Navidad, ¿qué… – y volvió a quebrarse – ¿Qué vamos a hacer?

-En realidad queda una semana más Cuerno. Quedate tranqui que la plata va a llegar – le mentí. A Roque todos le decían “el Cuerno” a raíz de una mala pasada que le había jugado su ex mujer. Yo nunca quise llamarlo así, pero después de la separación, él insistió. Me decía que el apodo le recordaba no volver a confiar en una mujer.

“El muy hijo de puta no nos paga”. Estaba claro que se refería a Jorge. El patrón hacía años que ya no aparecía por el taller y se mantenía en las sombras. El Flaco siempre nos decía que Jorge no existía, que seguramente se habría muerto hace unos años y que el taller ahora era de Feliciano, pero –para que no lo odiemos- él fingía que Jorge estaba vivo. Cosas del Flaco. Lo cierto es que Feliciano era quien traía las noticias y las novedades de cobro. Un tipo de poca confianza para nosotros, pero la mano derecha de Jorge. Como dice el refrán, Feliciano era algo así como el flautista. La verdad es que tenía una vida bastante triste; más de cincuenta, ninguna familia y trabajaba en el taller sólo porque era amigo de Jorge desde los cinco años. No tenía ninguna ambición (nadie la tenía en ese taller) y estaba “juntado” –así decía el- con una mujer que le pegaba y lo ahuyentaba o admitía en su casa, de acuerdo a los resultados que obtenía en el bingo. Sí,  también tenía problemas con el juego. A raíz de estas características y de otras historias que el nos contaba con más orgullo que tristeza, los muchachos le empezaron a tener lástima, aunque eso no impedía que lo denigraran cada vez que tenían la oportunidad. Yo siempre fui algo más reservado porque Feliciano me daba muy mala espina. Los muchachos me decían que era muy paranoico, pero hace unos meses cuando fui a buscar mi pago de viernes, lo pesqué con el Tucumano rompiendo y tirando a la basura un cheque que tenía mi nombre. Feliciano me vio:

-Ah, Álvaro… justo estaba… tirando este chequecito tuyo porque me equivoque en la firma, jeje – me había dicho mientras se secaba el sudor de la frente con el puño del pulóver. Me fui sin decir nada y le conté al Flaco, que era más perseguido que yo:

-¿A vos te parece Alvarito? Mirá si Feliciano justo… ¡lo conoce al patrón desde la primaria! No seas boludo.

Desde esa tarde, cada que vez había alguna irregularidad con los pagos yo me quedaba mirando fijo a Feliciano que se hacía el distraído, bajaba la cabeza y nunca me devolvía la mirada.

No estaba seguro de contarle a Milagros que no me habían pagado, pero de todos modos lo iba a descubrir cuando me pidiera la plata para las compras así que se lo conté el sábado a la noche. Primero me dijo que no era mi culpa y sorpresivamente fue bastante comprensiva. A los pocos minutos la escuché llorar en el baño y cuando salió me arrojó en la cara varios insultos nuevos. Cerró la puerta de la pieza, y me fui a dormir al living.

Agos me despertó el domingo más temprano de lo que hubiese querido, pero me vino bien. Comí algo y salí a comprar una cerveza y unas papas: a las tres jugaba el Rojo. Los jujeños no venían bien, pero nosotros atrás éramos una comparsa; iba a ser difícil de visitante. Como me había demorado hablando con el diariero, cuando volví a casa el partido ya estaba por empezar, puse la radio y apareció la primera mala noticia: Víctor Hugo iba a relatar Boca. La segunda noticia cayó como una cascada; ni bien me senté, me percaté de que Agos estaba toda mojada sentada en la cocina mientras Mili –que no me hablaba desde la noche anterior- le pasaba el peine de metal para extirpar alguna liendre. Faltaban 5 minutos para que empezara el partido y Agostina no se dejaba manipular el pelo; lloraba y me llamaba a mí. Bufando y algo molesto, me levanté y tomé la iniciativa sin decirle nada a mi esposa. En tres minutos le saqué cuatro piojos. La nena se fue a jugar y Milagros se fue a la casa de su madre. El Rojo perdió 2-1.

Si el fin de semana había sido lamentable, el lunes me sacudió; ir al taller era en vano, pero quedarme en casa era peor así que salí temprano y desayuné en el bar del gallego, pidiéndome que me lo anotara hasta que cobre. No se quejó, aunque ya le debía varios. Cuando salí, el gallego me dio el diario:

-Lee un poco, a la tarde me lo traés Alvarito. – Abrí el deportivo y comprobé que el ocho se había roto los ligamentos y los meniscos. El capitán tenía para siete meses y encima no teníamos recambio.

Después de leer eso, regresé al bar y devolví el diario. Temiendo más noticias devastadoras, empecé a caminar más rápido de lo normal, pero me detuvo el quinielero. El Ruso Goldstein me empezó a dar charla y mientras su boca se movía pronunciando exageradamente las “r”, no sé por qué se me apareció la imagen de los cuatro piojos. Cosas del azar, pero los piojos en la jerga quinielera eran el 87. Al 8 le habían dado 7 meses. Y los piojos que le saqué a Agostina eran 4. Muchos números. Yo no jugaba nunca, pero como el ruso no paraba de hablar, entré y le pregunté si los piojos eran el 87 para reconfirmar la suposición. Me decidí a jugarle al 487, aunque sea un pesito, pero después recordé que nunca había ganado. No tenía sentido jugar a las tres cifras. “Ya que voy a perder, juguemos a las cuatro” me dije. Así que resolví que el último número que completara el cuarteto me lo provea el azar; le pedí un dado a Goldstein, salió el 6. Así fue: un peso al 6487.

Cuando me fui, el Ruso seguía hablando. Unos minutos después, entré al taller y el panorama visual con el que me encontré era insostenible; todos los muchachos estaban abatidos, no sólo por la carencia de dinero en época de fiestas sino también, por una vida llena de esposas, préstamos familiares y otras cuestiones que no dejaban lugar para el cuidado personal o la preocupación. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a alguna conclusión, pasó corriendo el Cuerno y me gritó:

- Agarraron a Feliciano, tenías razón Álvaro. Vino Jorge y cuando le dijimos que necesitábamos que nos pagara lo del viernes, se enloqueció. Feliciano estuvo falsificando los cheques y el patrón, de no haber sido por mí, hubiera seguido creyendo que no pasaba nada.

¿Vino el patrón? Eso era algo extraño. Pero, al parecer, Jorge había pasado por el taller para desearnos “felices fiestas”. Esas son las cosas que me llaman la atención: el tipo no viene cuando nos tiene que pagar o cuando nos debe dinero, pero viene a decir “felices fiestas”.

Según me comentaron los muchachos, Feliciano venía haciendo esto (falsificar los cheques con nuestras firmas para quedarse con parte de nuestro dinero y devolverlo en el próximo pago) desde hacía dos años. Es decir, tomaba parte de nuestros cheques, hacía otros cheques para que nosotros nunca nos enterásemos, y al otro viernes, devolvía la plata teniendo que, otra vez, tirar los cheques enviados por Jorge y crear unos nuevos. Con la diferencia que hacía, jugaba al bingo buscando que la mujer que le daba un hogar lo volviera a admitir.

Pero podía salir mal y dejarnos a todos sin sueldo por una semana. El Cuerno seguía contándole la novedad a los demás cuando sonó el teléfono interno y atendió el Tucumano: Jorge pedía que yo me presentara en su oficina. Hacía años que no veía al patrón, así que cuando entré en su despacho casi no lo reconocí: estaba cruzado de piernas en un rincón oscuro con un cigarrillo en la mano derecha. En el otro costado estaba Feliciano. Jorge estaba mirando unos papeles y ni siquiera me miró para hablarme:

-Al parecer hay algunos malentendidos, amigo Álvaro; todos dicen que no cobraron pero yo aquí tengo un cheque de cuatrocientos pesos firmado por usted, fechado al viernes pasado…

Examiné el cheque, recordando aquella tarde en que había pescado al Tucumano y a este que ahora estaba calladito en una esquina destruyendo un cheque con mi nombre.

-Yo nunca firmé eso: compárelas con los demás cheques. Esa no es mi firma. – mientras terminaba la oración, le clavé la mirada a Feliciano. El pobre tipo miraba para abajo, no levantaba la cabeza, observándose los zapatos sin poder mirarme a la cara, ni mucho menos a Jorge. El patrón lo miró y el mecánico usurero, sin decir nada, asintió con la cabeza temblando.

- Muy bien Álvaro, vamos a arreglar esto. Puede volver a trabajar.

Salí de la oficina algo transpirado, y al llegar a la fosa hablé con los muchachos. El cuerno estaba preparando unos mates.

- Viste como es esto Cuerno… Perdón no te va a pedir nunca. Primero me acusó: me dijo que tenía un cheque mío firmado. El hijo de puta hasta las firmas había copiado.

El Cuerno negaba con la cabeza, el Tucumano se hacía el distraído y al Flaco le había tocado ir a ver al patrón. De todos modos, la cosa estaba difícil. Así como se había descubierto esto, seguramente ahora aparecerían otras muchas irregularidades; todos los registros del taller –incluyendo las actas de los clientes y las facturas- se manejaban en negro desde la “reapertura” de la empresa. Por eso, siendo Feliciano el que más enterado de esos chanchullos estaba y el que casi siempre los resolvía, me parecía muy difícil que Jorge se animara a despedirlo. Si lo rajaba y Feliciano iba a hablar con la DGI o con la policía, el taller iba a tener que cerrar. No creí que el patrón arriesgara tanto.

Pasaron un par de horas y, antes de las doce, Jorge y Feliciano salieron de la oficina y nos juntaron a todos alrededor de la fosa. El patrón, sin disculparse nunca, comenzó a hablar sobre el clima de trabajo, que comprendía que era difícil, que iba a hacer lo posible por conseguirnos algo de plata antes de las fiestas. Creo que todos nos sentimos algo humillados; no éramos mendigos como para que nos consiguiera “algo de plata”. Pero, por otro lado, ninguno de nosotros quería perder los pocos pesos navideños que podían aparecer, así que callamos. Además, el enojo era relativo; era cierto que Feliciano había traspasado todos los límites al meterse con nuestro dinero, pero hacía rato que ninguno de nosotros era completamente inocente: el Cuerno vendía las llantas viejas (las que quedaban de los clientes que las cambiaban), sin que nadie se diera cuenta; el Tucumano estaba metido en varios negocios paralelos con los clientes, pero además le vendía las cubiertas viejas a un grupo piquetero –liderado por su hermano- de mucha actividad en los últimos meses; y, para ser sinceros, hacía unos meses que yo (amparándome en ese anhelo irreal de un taller propio) venía sustrayendo algunas herramientas para mi colección personal.

Un rato después, antes de la una, Feliciano y el patrón se fueron; los muchachos y yo nos quedamos viéndonos las caras sin saber que iba a pasar, pero sí sabiendo que se acercaba el almuerzo. El Flaco, sin abrir la boca, se fue a buscar el mazo, acercó la mesita y desparramó las cartas boca abajo. Empezó él y sacó el cinco de oro; el Cuerno sacó un rey de copas y el Tucumano una sota. Me llegó el turno y perdí en la primera ronda: saqué el uno de oro. Tal como dictaba el reglamento que habíamos ideado hacía unos años, me tocó ir a hacer las compras para la comida del mediodía. Tampoco dije nada, agarré la campera y me fui.

Pepe estaba mirando Crónica; la carrera del mediodía.

-         Pepito, doscientos de salame, doscientos de queso y diez figazas árabes, ¿puede ser?

-         Claro Alvarito, dame cinco.

Y le terminé dando más que cinco, porque mientras escuchaba la cortadora de fiambre con su vaivén vibrador, sobre los caballos del televisor apareció el móvil en vivo desde la Lotería Nacional.

-Nacional matutina, a la cabeza seis mil cuatrocientos ochenta y siete: seis cuatro, ocho siete.

Antes de que Pepe me dijera algo, salí y ni se dio cuenta. Fui a buscar al Ruso Goldstein y llegué transpirado, pero menos por haber corrido un par de cuadras que por la ansiedad de tener en mis manos los tres mil quinientos pesos.

-Te estaba esperando, mirá que sos culón Alvarito eh… No jugás nunca y venís acá, tirás un dado y te llevás tres luquitas, ¿te la esperabas?

-No Ruso, no me la esperaba. ¿Me podés dar el premio que estoy algo nervioso?

Yo sabía que el dinero apenas alcanzaba para vivir un mes con alguna preocupación menos en la cabeza, pero también sabía que tres mil quinientos pesos eran una modesta victoria; o al menos podían llegar a serlo. Antes de seguir pensando o contarlo, me olvidé del almacén de Pepe y me fui al supermercado de nombre francés que nos quedaba cerca. Compré asado, vacío, chorizos, morcilla y hasta unas mollejas. Le sumé un par de vinos y llegué al taller con seis bolsas, tres en cada mano.

-Muchachos, ya sufrimos bastante… saqué la quínela, comamos un asadito… ¿lo hacés vos, Cuerno? Estoy algo agitado… – dije con la respiración ya algo defectuosa, empecé a llorar y luego me tiré en la fosa donde siempre había más aire. Ante la cantidad de preguntas de los muchachos –sólo pretendían saber el monto total que había ganado- les conté la historia de cómo llegue a jugar exagerando algunas cuestiones para hacerla más divertida.

Comimos como vacas (valga la redundancia), pero bebimos mucho más. La comilona duró más de cuatro horas, partido de truco mediante. Hacía mucho tiempo que no nos divertíamos con los muchachos y hacía varios meses que no los veía reír. Lo cierto es que para las seis de la tarde, cuando me fui, ya estábamos todos bastante borrachos.

En el colectivo no paré de pensar en demasiadas cosas. Varias de ellas tenían que ver con la posibilidad de que, estando borracho y teniendo tres mil doscientos pesos en los bolsillos –el asado había costado trescientos-, mi vida corriera cierto peligro. Los demás pensamientos eran más ambiciosos: comencé a pensar seriamente en la posibilidad de, al menos por una vez, trabajar para mí. No decirle nada a Milagros sobre el premio adquirido y guardar el dinero. Si después de todo, nadie contaba con esa plata y el patrón ya nos había prometido que algo de dinero nos iba a juntar. Trabajaba diez horas por día hacía casi cinco años, merecía un premio individual. Y tres mil doscientos pesos no eran una recompensa fácilmente desestimable.

De todos modos, antes de llegar a una definitiva determinación, llegué a casa tambaleándome en la oscuridad. Entré y vi a Agostina jugando al chin chon con Milagros. Mili estaba descalza, con las uñas despintadas y el pelo hecho un desastre. Llevaba un camisón negro. La hija de puta todavía era hermosa. Aunque tenía el defecto de gritar muy seguido. Con dos o tres gestos le hizo comprender a Agos que había llegado papá cansado, que había que irse a acostar temprano y sin decirme nada, me miró y se fue a calentar unas milanesas que se estaban descongelando. Me fui a bañar.

No sólo todavía era hermosa, sino que la turra me seguía queriendo. “No seas boludo Álvaro, ¿cuándo vas a volver a tener tres lucas? Son tuyas papá”. Salí de la ducha y mientras me lavaba los dientes seguía repitiéndome esa reflexión una y otra vez. Y yo sabía que tenía razón, por eso decidí no demorarlo más y salí del baño. Me acerqué a la mesa servida, Mili se sentó a mi lado y sirvió vino para los dos aunque ella ya había comido.

Metí la mano en el bolsillo y puse los tres mil doscientos pesos en la mesa.

-Mi amor, saqué la quiniela.

2 comentarios para “LA QUINIELA”

  1. danilo Dice:

    ese tipo es gai

  2. L.C.D Dice:

    Los comentarios son mejores que mi blog.

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