UN TIEMPO PARA CADA UNO
Se puede decir que, al final de cuentas, Pablo Cáceres no es un mal tipo. Sus amigos no estaban del todo seguros de la veracidad de esa sentencia, pero poco sabían sobre las vicisitudes que sobrevienen a la vida de un hombre cuando éste se convierte en un padre soltero. De todos modos, la situación era algo extraña: cuando Pablo tenía veinticuatro años, Andrea quedó embarazada, por lo que juntos debieron mudarse a un departamentito de Palermo en la calle Ravignani. Allí vivieron hasta que Alejo cumplió cuatro años. Sin embargo, en este caso la decisión de haber dicho “vivieron” y no “siguen viviendo” no viene a justificarse con una mudanza posterior: “¿entonces no se quiere significar que antes “vivieron” en X, pero ahora “viven” en Y?” No. No hubo mudanza, no se modifica en este caso el tiempo verbal, sino el número. En otras palabras, más simples: Andrea se fue.
Pablo continuó habitando ese departamento con Alejo, quien ya tiene diez años.
Como la historia era conocida en todo Palermo, muchos de sus amigos y conocidos (y alguna que otra vecina) no tardaron en establecer una relación causal entre aquel prematuro abandono y el inmediato desenfreno amoroso que atacó a Pablo pocos meses después de la partida de Andrea. Eso sí, hay que ser justos: nunca comprometía al niño en sus aventuras ni mucho menos. Es más, quizás la inclinación por las abundantes relaciones cortas con mujeres en lugar de “sentar cabeza” –como decían las vecinas- era la única forma de que Alejo siguiera siendo, siempre, el protagonista principal de la vida del joven Cáceres.
En fin, la primera después de Andrea había sido Anita, con toda su demencia tatuada en la frente. Duró tres meses, y Pablo comprendió que era el máximo período de tiempo que compartiría con una misma mujer; tres meses, ni más ni menos. Por eso, y apostando ciegamente a una venidera abundancia, el padre soltero comenzó una ardua y lenta remodelación de su departamento con el fin de facilitar la adquisición de tales fines: ninguna foto, ningún portarretratos, un gran televisor, un reproductor musical con más parlantes que discos reproducidos, un apetecible sillón negro azabache –que incitaría a pecar hasta a la más puritana de las muchachas- y la habitación más anónima del universo. La idea era que las mujeres creyeran (y lo creyeron) que allí estaban a salvo de todo; que no eran nadie y que tampoco era nadie quien estaba recostado junto a ellas en la cama.
Pero cuidado; no era tan fácil. La elección de aquel camino implicaba cierto método: además de la modesta barra que expendía licores en el living (y del convertible), Pablo no aceptaba ni ofrecía jamás un número telefónico. Si esto lo hacía por el bienestar del niño o por el suyo es algo que nunca sabremos. Lo cierto es que el modus operandi era, por demás, interesante: citaba a las damas de su interés en algún bar de la ciudad y las instaba a volver a frecuentarse sólo en aquel café. Sin horarios, sin fechas; dándole un aparente margen al azar. Luego sí, si volvían a verse en el bar establecido, quizás iban a su domicilio en horarios nocturnos en los que Alejo dormía. Al parecer, el elemento misterioso que Pablo introducía en esa especie de rito del coqueteo era bastante irresistible. El resto era simple: cuando Pablo deseaba mucho la compañía de una dama, se pasaba gran parte del día en el bar donde la había citado esperando que apareciera; en cambio, cuando ya no quería saber más nada con alguna, sencillamente no volvía a pisar aquel café nunca más. Lo más extraño de todo era que, pasado cierto tiempo y aún conociendo la dirección de su hogar, ninguna de las mujeres haya intentado alguna retención: se dejaban olvidar. Seguramente se trataba de algún código previamente establecido o quizás Pablo sólo les daba lo que querían: la justa medida de cariño y el más completo anonimato. No lo sabremos nunca.
Lo cierto fue que a medida que Alejo se iba acercando a sus actuales diez años, también iba creciendo el número de bares a los que Pablo ya no podía regresar. Esto fue acrecentando los comentarios de algunos individuos que solían gritar que cómo podía ser, que teniendo un hijo, que llevar esa vida irresponsable. Muchos de los voceros de esas opiniones habían visitado la casa de Pablo pero nunca habían ingresado al cuarto de Alejo: la casa se transformaba en un refugio paternal donde existía todo lo que un chico puede necesitar, incluyendo la única foto de su madre por quien Alejito nunca había preguntado, reforzando aún más la relación con su padre, que ya había trascendido todos los límites materiales. Lo único que Alejo deseaba y estaba fuera de su habitación era la Playstation III, que era más de Pablo que de su hijo y por ese motivo se hallaba en el living. Sobre todo porque cuando Cáceres no estaba disfrutando de alguna aventura amorosa, disputaba algún torneo de fútbol virtual con sus amigos, con la eventual incorporación de su hijo al campeonato.
Si bien era cierto que ninguna de las mujeres había conocido a Alejo, también era cierto que Pablo no las escondía: siempre le contaba cómo las había conocido, a dónde las había llevado, sus nombres, alguna anécdota graciosa e incluso se daba el lujo de vaticinar los finales: “Mirá que la semana que viene se va a enojar Romina y me voy a quedar en casa: prepará la Play”. El niño se divertía mucho con las historias de su padre y cada vez tenía más participación en las charlas, lo que le hizo suponer a Pablo que algo estaba sucediendo. Además, en los últimos tiempos, Alejo había comenzado a adoptar ciertas actitudes propias de aquel que ha caído en las redes de alguna mujer, por más pequeñita que fuera. En su caso, Alejo había solicitado muchos lápices y algunos cuadernos de hojas lisas para su posterior utilización en dibujos y pinturas de todo tipo.
Pablo tardó poco en confirmar que de aquella nueva actividad, la responsable era una mujer pero de un modo más explícito del que se hubiera imaginado: una tarde, fue a la escuela a buscar a Alejo y vio cómo éste se despedía de la profesora de dibujo con los ojitos brillantes, entregándole un cuaderno (uno de esos que le había comprado unos días atrás) y besándola tiernamente en la mejilla. Lo primero que pensó fue que su hijo no era ningún gil: la muchacha era peligrosamente hermosa.
Luego de unas semanas, trató de interrogar al niño al respecto y, si bien dijo poco y se sonrojó mucho, Pablo logró averiguar que se llamaba Cecilia y que, efectivamente, era la maestra de Artes plásticas.
Fue esa revelación lo que inauguró el intríngulis. No se sabe si fue intencional, casual o una mera cuestión poética, pero el siguiente jueves en que Pablo fue a buscar a Alejo, Cecilia acudió a presentarse mientras el pequeño escolar se despedía de sus compañeritos:
- Hola. Usted es el padre de Alejo, ¿no?
- Si, pero tuteame por favor.
- Disculpá, es que no estoy acostumbrada a ver padres tan jóvenes por acá. Yo soy Cecilia, la nueva profesora de dibujo. Un gusto.
- ¿Nueva? Eso no lo sabía. Alejito no me dijo nada, pero debe ser porque le gustás, ¿sabías?
Cecilia río nerviosamente, y luego agregó:
- Si, algo había notado: pobre Alejo…
- Si, pobre. Yo igual sospechaba algo: nunca me había pedido lápices y témperas. Pero ahora que te conozco, debo reconocer que no me sorprende.
- Gracias. Bueno… Quería presentarme nada más, se me hace tarde ¿sabés? Pero si te parece, otro día podemos hablar más tranquilos.
Y ni bien terminó de pronunciar la última sílaba, le acercó a Pablo un papelito con su número de teléfono anotado. Era cierto que Cecilia era excepcionalmente hermosa, pero Pablo no supo por qué lo hizo: no sólo aceptó el papelito sino que prometió llamarla.
No le dijo nada a Alejo, pero al otro día le regaló una de esas enormes valijas que contienen todo lo que necesita el dibujante. El niño la aceptó gustosamente, pero se mostró algo reservado ante la sorpresa.
Unos días después, Pablo llamó a Cecilia e intentó volver a dominar la situación invitándola a tomar un café, pero la maestra redobló la apuesta y lo invitó a su casa. Cáceres insistió y se salió con la suya, aunque Cecilia, más hábil de lo que parecía, advirtió que de ser una cita por la tarde, sólo dispondría de una hora libre.
Como el encuentro tenía hora límite, Pablo decidió ir en taxi. Nunca llevaba su auto si sabía que no volvería acompañado. Creía que el convertible debía ser exhibido en la misma velada en que fueran a su casa, para que no se dilatara el efecto.
Sin guardapolvo, Cecilia perdía ternura pero ganaba otras cosas. Luego de intercambiar algunas miradas y comprobar que todo funcionaba bien, como ya se acercaba la hora impuesta por la muchacha, Pablo la invitó a repetir la cita el día siguiente, pero unas horas más tarde. La muchacha accedió, aclarándole implícitamente que no era necesario beber otro café, así que quedaron en encontrarse allí para que Pablo la llevara a conocer su hogar, esta vez sí, en el auto. Antes de irse, la morocha dijo:
- Me va a gustar conocer tu casa, espero que a Alejo no le moleste.
“Que a Alejo no le moleste”. Y cómo no le iba a molestar. ¿Cómo se lo iba a decir? Pero mientras Cecilia se alejaba con unos serpentinos movimientos, Pablo creyó que había que ser más prudente, serenarse y evaluar la situación: nunca le había hablado a Alejito de ninguna mujer a priori y su hijo jamás había salido de su cuarto para interrumpir alguna cita. Es decir, existía la posibilidad de que nunca se enterase. Con eso le bastó.
Volvió a su casa y sin decir nada, preparó la cena, la puso junto al televisor, prendió la consola y dejó todo preparado; incluso con el partido en marcha habiendo seleccionado a los equipos que ambos utilizaban habitualmente. Llamó al niño a cenar, pero Alejo no habló. Únicamente sonrió al ver las hamburguesas con papas fritas y, sin probar bocado, tomó el joystick y perdió 3-1. Se comió las papas, dejó la hamburguesa y se fue a dormir. Pablo se quedó solo viendo un recital de U2 en México, de una de las giras de los noventa.
El sábado, los dos se despertaron bastante tarde y cuando el día comenzaba a escabullirse entre las sombras, Pablo fue a ducharse, afeitarse, etc. Alejito pasó por la puerta del baño con un vaso de chocolatada en la mano:
- ¿A quién le toca hoy?
- Vamos a ver; es nueva, – le respondió, olvidando por un momento de quién se trataba.
Con pantalón, camisa y saco negro salió y en menos de dos horas Cáceres ya estaba de regreso y Alejo, como de costumbre, ya encerrado en su pieza, durmiendo.
Cecilia vestía de negro, escatimando escote debido a sus dotes docentes, pero con unos aros de piedras verdes que acompañaban mejor que nadie a sus ojos. Muy fina y delicada, se sentó en el sillón de los pecados y atrajo a Pablo quien se acercó con dos copas de vino.
Pero inesperadamente, y por primera vez en seis años, Alejo salió de la pieza en plena tertulia pasional y sin sorprenderse de nada, saludó a Cecilia y a su padre:
- Tengo sed. ¿Puedo quedarme con ustedes a tomar algo?
- No Alejín, ya es tarde y tengo que hablar con Cecilia. Mejor andá a acostarte que yo ahora te llevo un vaso con agua. No estás acostumbrado a trasnochar y sabés que después tenés pesadillas.
Alejo se sonrojó y se mostró algo disgustado.
- Yo trasnocho seguido. – se defendió mirando a Cecilia – Pasa que vos no te das cuenta. – respiró algo inquieto – Además, ya hace mucho que no tengo pesadillas: soy grande. – sentenció inútilmente pero en tono desafiante.
Cecilia le sonrió al niño y Pablo fue a buscar una botellita con agua. Luego lo acompañó a su cuarto, lo despidió y cerró la puerta con llave. Fue al baño, se lavó la cara, se desprendió dos botones de la camisa y volvió al living. Cecilia lo esperaba con la copa de vino vacía, cruzada de piernas y, de golpe, le pareció que el vestido estaba más escotado que antes. La muchacha no perdió tiempo y extendió el índice para después recogerlo, acompañando el gesto con un lujurioso guiño de ojo. Pablo se acercó con violencia, la tomó de la cintura y la besó.
Fue el beso más corto que Cecilia había recibido ya que instantáneamente Pablo retrocedió.
- No le puedo hacer esto, disculpame pero no puedo.
Sin darle tiempo a responder, se puso el saco, agarró las llaves del auto y los zapatos que la joven maestra había dejado tirados por ahí. Abrió la puerta y llamó al ascensor.
Media hora después ya estaba de regreso, se cambió los pantalones de vestir y los zapatos por un jean con zapatillas y abrió la puerta del cuarto de su hijo:
- Podés dejar de fingir, ya se fue. La llevé a su casa, la puta madre. – hizo una larga pausa – Está la Play prendida, espero que hayas practicado.
Alejo se levantó de la cama y fue directamente al televisor donde su padre lo esperaba con el torso desnudo y joystick en mano. Hacía un año que ya no era necesario dejarse ganar. Alejo ya jugaba mejor que el y le ganó 3-0.




