Todos hemos escuchado o leído historias relatadas por algunos presumidos que juran que cuando se llega al lugar donde yo he llegado, se comprendería absolutamente todo. Déjeme desilusionarlo; es mentira. Ni aquí ni en otro sitio se podrá discernir lo que no se llega siquiera a vislumbrar allí. Quizás la falta de respuestas simbolice la risa final, la última confirmación.
Tengo (mejor dicho “tuve”, me sigue costando conjugar en pasado) una esposa, una casa, un hijo, un empleo y una estabilidad muy envidiada en el barrio. Clara quería una nena, pero nació Andrés. Ahora tiene doce años y se parece a mí.
Mi existencia se había convertido en el sueño de cualquier hombre ayuno de ambiciones. Incluso yo había deseado, en algún pasado, una vida similar. Pero en el último tiempo, una vez cruzada la barrera de los cuarenta, todo lo que había sido sepultado debajo de una hermosa mujer y una descendencia, había comenzado a fluir como una catarata que impactaba a diario contra mi rutina. Estaba harto de todo, de mi mujer, de mi empleo e incluso, para qué negarlo, de mi hijo. Que se entienda, lo quiero a Andrés, pero mentiría si dijera que nunca me pregunté qué habría sido de mí si no hubiera nacido. Quizás hubiera terminado alguno de los libros que nunca empecé. O no.
Nada era tan malo antes del secuestro; por aquel entonces aún arriesgaba algo, pero luego del incidente jamás volví a hacerlo y creo que eso fue lo que terminó por desmoronarme. Siempre hay dos opciones: ser quien uno debe ser o tener una familia, y está claro que terminé optando por la segunda variante. Lo que no puedo hacer es culparla a ella. Ambos quisimos jugar a la familia tipo creyendo en alguna cosa que nunca existió.
Unas noches atrás tuve el sueño que tantos tipos escribieron: me soñé a mí mismo, una veintena de años más joven, encontrándome conmigo en una plaza. El joven Dante me escupía insultos adolescentes que dolían menos por su violencia que por su veracidad. Desperté aquella noche temiendo que en un par de años, fuera mi hijo el que me propinara esos insultos.
Recuerdo que antes de conseguir mi último empleo, aún esgrimía la pluma, quizás con el único objetivo de no olvidar. Nadie lo sabía, pero yo escribía. Un par de semanas después del sueño, quise hablar con Clara y contarle que ya no me interesaba ni trabajar ni ser marido de nadie. Quería contarle lo que me sucedía con la inútil esperanza de que a ella le sucediera algo similar. Aunque su reacción fue subir el volumen de la televisión, luego de la cena insistí. Le pregunté si en el último tiempo ella se había cuestionado algo. Me insultó sólo para luego callar prolongadamente y, si bien era cierto que los silencios eran habituales en la familia, aquella vez fue distinto. Definitivamente sí se lo había preguntado, pero quizás no tenía tantos deseos como yo de responderse. ¿Acaso ella también planeaba dejarme? Su silencio era la respuesta a todo, incluso a las preguntas que aún no se habían formulado.
Volviendo al tema del empleo, hacía tres años que me había convertido en un renombrado empresario de la ciudad. Lidiaba diariamente con deportistas famosos, actores, modelos; gente importante. Teníamos un pacto implícito: yo no les importaba en lo más mínimo, ni ellos a mí. Una tarde, en medio de una reunión donde se debatía si la empresa debía o no destinar cierta cantidad de dinero para alguna obra benéfica, decidí renunciar y lo hice a la mañana siguiente. También dejé de ir al gimnasio y de salir a correr por las mañanas con el vecino de bigotes –nunca supe su nombre-. La primera revancha que me permití fue modesta, pero necesaria: conduje hacia una casa de antigüedades cerca del puerto y adquirí una vieja máquina de escribir para oficializar mis viejos hábitos. Mientras la cargaba en el baúl, sentí la irremediable necesidad de fumar un cigarrillo, de modo que compré un cartón de diez atados y lo cargué junto al viejo cacharro. Horacio me había acompañado tanto en la transacción como en el regreso al tabaco. Y allí estábamos: a un costado del río, sentados en la orilla y descalzos. Ah, Horacio era algo así como mi guardaespaldas. La verdad es que ya no necesitaba ningún protector, pero se había convertido en mi único amigo. La historia acerca de por qué y cómo contraté a este hombre de azul (Horacio siempre se vestía de azul) es menos excitante que necesaria.
Verán, como decía, tres años atrás yo no era ningún gerente. Trabajaba por mi cuenta tratando de cumplir mi único deseo, pero en espíritus ajenos: era editor. Mi editorial era una de las pocas de la ciudad y se encargaba de difundir autores jóvenes que no merecían ningún tipo de difusión. La prosperidad y yo comenzábamos a llevarnos bien cuando, accidental o incidentalmente, la oficina se incendió. De haber sabido cómo terminarían las cosas, no lo hubiera hecho. Pero en un momento así (en el que me quedaba sin nada y tenía una familia que alimentar), lo hice: acudí a la única persona a la que no se debe recurrir en esta ciudad: Vicente Da Funchio. A ver, Vicente era una mezcla de camorrero siciliano, funcionario público y cocinero. Administraba absolutamente todo en esta ciudad; desde las carreras (y el casino) hasta los salarios municipales. Le pedí que me costeara una pequeña suma de dinero para reconstruir mi editorial, y él aceptó de muy buena gana. Que cómo no me lo iba a prestar, que no me hiciera problema por el plazo, que haría lo que fuera por las personas que querían hacer algo por la ciudad, etcétera. Lo cierto es que unos meses después, Circe (tal era el nombre del negocio) ya estaba igual o incluso mejor posicionada que antes del incendio: Vicente me había recomendado a muchos de sus amigos escritores y periodistas, y la cartera de clientes iba en aumento.
Antes de que se cumpliera el año, me llamó con un sospechoso tono fraternal y me invitó a cenar. Exigió que, tendiendo en cuenta cómo había prosperado el mercado de las letras, le devolviera el triple de lo que me había prestado. Eligiendo el peor de los momentos para exhibir mi orgullo y no tachar otra generala, me negué amistosamente y pedí que la suma fuera revisada. A los tres días, Circe fue quemada completamente sin que se salvara nada, y Clara y Andrés habían desaparecido. La cosa era sencilla; o le pagaba antes del fin de semana o no los veía más, así que reuní el dinero (vendiendo todo lo que quedaba) y, junto a Ochoa (un viejo amigo que ya había tenido problemas con Da Funchio alguna vez) fui a los alrededores del puerto, lugar citado para el intercambio. Era una noche fría y, para beneplácito de los literatos amateurs, llovía. Obviamente, Vicente no estaba; había mandado a algunos de sus matones. Era lógico; situaciones como esta deberían ocurrir asiduamente en su jurisdicción y su presencia sería algo peligrosa –una editorial quemada dos veces y la desaparición de una familia serían muchas coincidencias-. A lo lejos, detrás del puente, se divisaba una estela de humo blanco que cada vez era más inconfundible: era Gauna, un agente que nada tenía de encubierto, quien supervisaba y vigilaba cada uno de los movimientos de Da Funchio a la espera de algún error de cálculo. Al verme con el maletín, ambos matones (el de trenza y lentes rojos, y el de traje verde a rayas), dejaron salir a mi familia. No tuve tiempo de reaccionar; Ochoa me pidió silenciosamente que me fuera. Su expresión me atemorizó un poco y le hice caso; corrimos al auto mientras el comenzaba a disparar en todas las direcciones posibles. Hirió a uno, pero recibió cinco balazos y se fue muriendo, mientras el matón de lentes rojos se deslizaba por la ruta, ya a bordo de su coche. Gauna se fue tras él en una moto roja. Está claro que Ochoa no murió por mí; el buscaba su propia venganza, pero me es imposible no sentir alguna culpa.
En síntesis; me había quedado con el dinero y había recuperado a mi familia. Vicente ya se había encargado de hacerme saber que si intentaba algún contacto con Gauna o los suyos, no tendría ningún pudor en volar mi casa con todos los que estuvieran adentro, así que le hice caso. Al tipo no le gustaba perder, pero no era ningún improvisado: sabía que si, luego del incendio y del secuestro, intentaba alguna cosa conmigo, quedaría muy expuesto. De modo que yo había cobrado una sospechosa pero gratificante invulnerabilidad.
Luego, invertí el dinero que no utilicé en el secuestro y me convertí en este detestable empresario. Pero, esta pequeña historia tenía como objetivo dar a conocer a Horacio. Bueno, fue bastante casual: en una de esas reuniones empresariales, los abogados de la firma propusieron una junta en el casino del sur. Se realizó en una noche de Diciembre, con mucho calor. En un momento decidí salir a tomar algo de aire. Moría por un cigarrillo pero le había prometido a Clara no fumar. Mirando la luna, escuché un leve sollozo que provenía de las afueras; cerca de un gran árbol aprisionado dentro de un cubo de cerámicas. Nunca había visto a un hombre tan desesperado. Me acerqué y el extraño me contó que esa noche lo había perdido todo. Que había echado el destino de su familia a la suerte y que había salido todo mal. Maldijo a su primo y a algunas personas que, al parecer, lo habían traicionado. Cada vez que se tranquilizaba y lograba hacerse entender, volvía a estallar en llanto, mientras susurraba “Con el casino no, no… los dejé en la calle.”. El tipo lo había perdido todo por el azar, y yo últimamente lo venía ganando todo por esa misma vía así que no pude hacer otra cosa que sentir alguna clase de piedad. Horacio era portador de un cuerpo robusto e imponente, pero que dejaba entrever una de esas mentalidades rudimentarias pero llenas de ideales. A pesar de la supuesta invulnerabilidad que había conseguido, aún me manejaba temerosamente por la ciudad. Quizás haya sido no por piedad sino por lástima, pero le propuse a Horacio que se convirtiera en mi guardaespaldas. Me respondió que no tenía idea de cómo manejar un arma y le dije que no era necesario que lo supiera; era sólo para aparentar. Entre agradecimientos y lágrimas, aceptó la oferta. Era un hombre como los de antes, con principios: toscos y precarios, pero con principios.
Ambos apagamos el cigarrillo y dejamos el río atrás para dirigirnos de regreso al centro de la ciudad.
La noche que definiría el nuevo uso de mis tiempos verbales, estaba por terminar mi primera novela. Recuerdo que esa noche llovía, y lo recuerdo porque estoy convencido de que desde la noche del secuestro, no había vuelto a llover en la ciudad. El único detalle que faltaba era elegir un título y una imagen para la tapa del libro, tareas nada sencillas. Recordé la orilla del río donde hacía unos días había retornado a la nicotina con Horacio y, como creí que sería el mejor lugar para inspirarme, le pedí al grandulón que me acompañara. Aceptó gustoso, pero me hizo prometerle que después de que me hubiera inspirado lo suficiente, iríamos a beber unas cervezas.
Estacionamos cerca del río y caminamos unas cuadras hacia abajo. Doblé a la derecha, en un pequeño pasaje, para que el viento no me impidiera la combustión del cigarrillo y, al final de la cuadra, una puerta roja se ganó la atención de mis sentidos. Cuando me detuve a observarla mejor, un hombre alto de brillantes rulos negros y anteojos al tono salió de lo que fuera que había detrás de esa puerta. La lluvia me golpeaba con fuerza sobre la cabeza y la espalda así que decidí (si es que puedo hacer tal cosa) que entráramos y, al notar que se trataba de un bar, le dije a Horacio que allí beberíamos las cervezas prometidas. Antes de entrar, sin querer, pateé a un gato negro que se refugiaba de la lluvia debajo de una pequeña caja de cartón. Ingresé sin muchas expectativas, sin saber lo que podía encontrarme, pero lo primero que vi fue… rojo: mucho rojo. No era un color muy abundante en la ciudad; hasta los semáforos o los letreros luminosos de los taxis ya no poseían aquellos pigmentos normales. Desde hacía unos años –con la última “remodelación” del Intendente- todos los elementos escarlata de la vía pública habían sido reemplazados por un nefasto pero coqueto violeta. Al parecer, todo el rojo exiliado de la ciudad, se había refugiado en este bar. Nunca había visto un lugar tan espeso, oscuro y lúgubre, pero era cierto que hacía casi veinte años que no pisaba bar alguno. La sordidez apenas permitía distinguir alguna que otra silueta entre el humo y el ruido. Todo lo rojizo, como la puerta de entrada, parecía ser completamente independiente del resto de la realidad. Horacio había decidido fumar otro cigarrillo afuera mientras yo buscaba alguna mesa libre. Caminé todo el bar, observando con detenimiento cada rincón y mis ojos se toparon con el tipo que había visto salir hacía unos momentos. Al parecer, había reingresado y estaba ahora sentado con otro hombre de saco marrón y bolso de bibliotecario. El de rulos y lentes estaba cruzado de piernas, pero tenía un neurótico tic que eclipsaba la visión de cualquier observador: levantaba la pierna que tenía cruzada reiteradamente para acomodarse la media que iba surgiendo cuando el pantalón obedecía a al física. Eran unas medias realmente feas.
Lo extraño era que no conversaban; los dos asentían con la cabeza, pero ninguno de ellos hablaba. El otro tipo, el del bolso de bibliotecario, era vulgar, algo más avejentado también. Me quedé mirando una pulsera roja que tenía en la mano derecha, una de esas que los supersticiosos creen que ahuyentan a la mala fortuna. Mientras lo observaba, inesperadamente el hombre se levantó y tiró la pulsera al suelo haciendo algunos ademanes. El rápido movimiento hizo que todos se sobresaltaran, sobre todo un tipo de bigotes que observaba todo desde el piso de arriba, dejando en claro el hecho de que no era un civil: era Gauna. Como siempre, fumando y con su eterna campera de cuero negro. No me gustó para nada verlo allí porque, como dije, su presencia se justificaba únicamente cuando Da Funchio estaba cerca. Pero no iba a dejar que nada irrumpiera en esa noche así que opté por creer que no estaba en el bar por mí, que debía haber algún motivo adicional.
Seguí caminando y terminé sentándome en un banco individual del extremo de la barra para esperar a Horacio, aunque tenía la sensación de que nunca iba a entrar. De fondo se escuchaban los afónicos alaridos de un joven guitarrista desde el escenario. Estaba dedicando una canción a una chica que, al parecer, había muerto. El muchacho intentaba emular a Bob Dylan, pero se quedaba a mitad de camino, mucho antes de que el discreto Bob se cambiara el apellido.
Cuando por fin se acercó el cantinero (porque en ese tipo de bares, sólo había cantineros), le pedí un martini y un cenicero; el corpulento hombre me trajo una cerveza y una servilleta. Tres metros a mi derecha, un tipo escribía frenéticamente sobre las hojas amarillentas de un cuadernillo antiguo. Daba la impresión de que no se había detenido en toda la noche ya que no levantaba el trazo ni para separar las palabras. Nunca había visto a alguien que pudiera mantener el mismo trazo por tanto tiempo, era intrigante. Llevaba un sombrero negro y la barbilla sin afeitar. Encorvado, inmerso en su cuaderno y con una mano apoyada en la rodilla parecía una foto de solapa.
Volví la vista a mi cerveza, tomé un trago y encendí un cigarrillo. A mi izquierda, unos bravucones –vestidos todos cuidadosamente con el mismo jardinero rotoso- jugaban a las cartas. En realidad, no jugaban: se miraban en silencio mientras uno de ellos barajaba lentamente el mazo y observaba de reojo a un hombre calvo. La nostalgia y el deseo de querer recuperar vanamente todo el tiempo perdido me llevaron a querer unirme a la partida de póquer así que, sin timidez alguna y como si fueran conocidos de mucho tiempo, me acerqué y solicité participación. Extrañamente, accedieron no sin antes intercambiar algunas miradas de menosprecio hacia mi persona. Comenzamos a jugar no muy amistosamente y sentí una satisfacción que hacía mucho que no experimentaba; sobre todo porque hacía años que no estaba sentado alrededor de una mesa en la que sólo había naipes y cerveza.
A medida que yo iba ganando, la situación se ponía más tensa e incómoda. Empecé a orbitar mi mirada alrededor de la mesa para esquivar los ojos de los jugadores, temiendo que algún gesto de mi parte los hiciera reaccionar peligrosamente. Tres cervezas después, dos de los jugadores ya se habían retirado. Quedábamos tres y yo tenía tres ases y dos reyes; un full difícil de quebrar. En un exceso de confianza completamente infundando (pero erigido sobre consistentes cuestiones de juego), pensé en jugar todo mi resto. Pero cuando acerqué las manos a mis fichas se produjo un silencio total que me impidió terminar el movimiento. Todo el bar había enmudecido, exceptuando al mediocre cantor. Miré en dirección a la puerta, donde se dirigían todas las miradas y los comentarios reprimidos y comprendí la razón: una mujer. No podía ser otra cosa.
Todo el bar la observaba, pero Gauna ni bien le vio la cara, volteó rápidamente y se perdió en la oscuridad. Se trataba de una mujer demasiado atractiva para su edad (supongo que no llegaba a los cincuenta, pero estaba cerca). Todo su cuerpo se ceñía dentro de un ajustado vestido azul que empequeñecía su cintura pero realzaba sus senos. Algunas miradas dejaban entrever la posibilidad de que su presencia no fuera inaugural. Su rostro denotaba una decisión que sólo las mujeres pueden tener: estaba totalmente resuelta a llevarse lo que había venido a buscar, sea lo que fuere. Su piel era desmesuradamente blanca y sus labios, rojos como los atardeceres invernales, contrastaban con el resto de su anatomía de una forma deliciosa. La boca era increíble, parecía concentrar allí todo el poder de su accionar. Siempre creí que los labios de una mujer eran su mayor definición. Poco a poco, el silencio fue cediendo para que la amalgama de susurros y alaridos volviera a transformar al bar en el antro que era.
Finalmente, moví las manos y llevé todo mi resto al centro de la mesa. Los demás jugadores se miraron entre sí (incluyendo a los que ya habían perdido) y vieron mi apuesta. Gané.
Ninguno de los altaneros muchachos tenía más dinero así que tomé mi ganancia y, sin decir nada por temor a exaltarlos, volví a mi asiento en el extremo de la barra. Me senté para guardar los billetes y un gran trueno, precedido como siempre por un cegador relámpago, sacudió a la ciudad. El chispazo de luz blanca confirmó mi suposición ya que vi la sobra de Horacio que aún estaba en al puerta y no pensaba entrar. En busca de un poco de aire fresco, salí a fumar, pero creí que solicitar su compañía sería molestarlo, así que me escapé por la puerta de atrás.
Me senté sobre un cajón de madera algo descascarado y dejé que la lluvia golpease mi cabeza con toda la fuerza que le era posible. Otro relámpago quebró raudamente la oscuridad y por un momento lo vi todo. En aquel momento decidí terminar mi relación con Clara. Una decisión irrevocable, de esas que se toman una vez por lustro. Sin embargo, sabía que la oficialización de esa sentencia –en el estado actual en que se encontraba mi mujer- sería complicada por lo que opté por un alejamiento momentáneo hasta que ella recuperara su capacidad de diálogo. Lo mejor era irme, dejándole la casa y el auto como para que no notara mi ausencia.
Lo de Andrés era más complejo: quería dejar a mi esposa, pero no a mi hijo. Pensé en dejarle a Clara una carta que estableciera los días y horarios en que pasaría a ver a Andrés y hasta barajé la posibilidad de alquilar un departamento en el sur de la ciudad: allí la única forma de interactuar con el resto de la sociedad sería mi absoluta decisión ya que nadie iba al sur por cuenta propia. Detuve los pensamientos sólo para encender otro cigarrillo, pero no pude: una ráfaga de viento se había llevado consigo el alma de mis cerillas. Lo volví a intentar con el mismo fatídico resultado. El viento provenía de la puerta: alguien la había abierto. Se trataba de los bravucones, los robustos muchachos a los que había dejado en banca rota. Sus caras traían consigo una rara expresión, más allá de la habitual hostilidad con la que me habían observado toda la noche. Seguían, sin hablar, una especie de código o dialecto que sólo ellos comprendían.
Tomaron asiento a mi lado, sobre otros cajones que se humedecían bajo la lluvia y comenzaron a darme charla. Uno de ellos me pidió un cigarrillo y otro –el más pequeño- comenzó a caminar a mi alrededor mientras dialogaba para sus adentros: se hacía una pregunta tras otra y se las respondía sin ayuda. Preguntas retóricas como esperando que yo interviniera para contradecirlo y más de una vez nombró a Da Funchio y a “un tipo que nunca vimos en el bar, y aparece para rompernos el culo”. Temiendo que establecieran alguna errónea relación entre aquellos dos sujetos, me ofrecí a devolverles el dinero; les propuse la idea de comenzar a jugar a partir de la semana próxima en la que, al conocernos un poco mejor, ya estaría todo más planificado y ordenado (límites de apuesta, número de jugadores, etcétera). No les gustó la idea.
Para disimular el temor y bajar unos decibeles la tensión del momento, me prendí otro cigarrillo y, en ese mismo momento, como acudiendo a una especie de llamado secreto, abrió la puerta un hombre calvo, gordo y de traje blanco. Era el mismo que había visto en el bar mientras uno de los bravucones mezclaba los naipes. Cuando el tipo se involucró en la situación, los demás le contaron sobre mi idea de devolverles el dinero y empezar de nuevo la semana próxima. El pelado se acercó y sin mirarme me agarró del pelo y me dio un rodillazo en la nariz. Sentí que un envase de leche se reventaba directamente en mi cara; cómo los huesos se deshacían en un mar de espesa sangre y temí lo peor: que jugaran conmigo hasta dejarme inconsciente. El hombre pequeño, el que hacía las preguntas retóricas, me arrastró hasta dar mi cabeza contra el picaporte de la puerta. La sangre seguía fluyendo y comencé a perder el conocimiento (y un par de dientes). Quise gritar para llamar a Horacio -que si bien era algo inútil para las peleas, al menos estaba armado-, pero mis labios ignoraron por completo las órdenes de mi voluntad. Caí al piso, retorciéndome y temblando. Entre los cuatro comenzaron a patearme la espalda, las costillas y el estómago. No podía respirar, pero ya no sentía dolor alguno, apenas si podía mantener abiertos los ojos para divisar, entre la sangre, a cuatro amorfos cuerpos que se movían de atrás hacia adelante.
Entre las nubes de sus cuerpos, a lo lejos divisé la silueta de un niño. Aunque más bien creo que veía su sobra: lloraba, pero estaba completamente inmóvil. Estaba solo, empapado y a su lado, haciéndole compañía como si lo conociera, estaba el pequeño gato negro que había visto en la entrada. Quise esclarecer un poco la vista, pero un puntapié se clavó de lleno entre mis ojos. Estaba seguro de que vendrían más golpes pero súbitamente se detuvieron. Vi una gran masa azul cerca de mí y mis ojos se cerraron.




