LAS JIRAFAS NO EXISTEN
(Informe elaborado por el Dr. Robledo y publicado en Ciencia & Etcétera número 141)
Las jirafas han sido protagonistas en las investigaciones científicas desde tiempos muy lejanos a nuestra comprensión. Toda la comunidad de investigadores fue advertida hace algunas décadas del descubrimiento de ciertos jeroglíficos hallados cuarenta metros bajo tierra en el estado mexicano de Coahuila. Sin embargo estamos muy lejos de haber llegado a un punto final en cuanto al debate sobre la existencia de estos particulares seres.
En este breve informe daremos cuenta de la inexistencia de la jirafa imponiendo ese tardío cierre definitivo del tema para, luego, poder dedicar nuestro tiempo a refutar otras tantas calumnias milenarias.
Fueron muchos los autores que han afirmado la existencia de este animal (desde diversas perspectivas) y describiéndolo como si alguna vez lo hubieran visto. Nos remitiremos al prólogo de “De las jirafas, las tortugas y otros animales de proporciones extrañas” del famoso refutador de refutadores Patrick Soderberg: “(…) Terminemos de una vez con esta estupidez: no todo es debatible. En el edificio donde vivo, más del 70% de los habitantes afirman haber visto alguna vez una jirafa. Este animal simplemente existe, al igual que nosotros.”.
No dedicaríamos algunas líneas a rebatir esa postura si no fuera el objetivo de este informe. Nuestra teoría, la que afirma la inexistencia de la jirafa, se basa en principios menos biológicos que lingüísticos. ¿Quién puede asegurar que lo que damos por sentado que es una jirafa lo es realmente? Nadie. Sin embargo, no somos los primeros en hacernos esa pregunta. No obstante, los interrogadores pasados han optado por una respuesta bastante paranoica que nada tiene que ver con la que postularemos. Dice Lockhaimer en “Las apariencias engañan, pero capaz que no”: “¿Quién puede asegurar que la jirafa es la jirafa? Es imposible asegurar que ese animal ha existido siempre, así como también es imposible asegurar que su invención no haya sido responsabilidad de un gobierno conspirador que intenta distraer a los ciudadanos con un animal de cuello largo para que no presten atención a lo verdaderamente importante: los extraterrestres. De hecho, es imposible asegurar que las jirafas no sean los extraterrestres.”
Nosotros no iremos tan lejos. En primer lugar porque las respuestas que propone Lockhaimer no nos son satisfactorias: tanto en el caso de que las jirafas sean una invención gubernamental como en el caso de que provengan de alguna vía láctea, la jirafa existiría. Y la jirafa no existe.
Según el padre de la lingüística Ferdinand de Saussure, el signo lingüístico es arbitrario. El genio suizo define al signo como una interacción entre un significado (la idea, el concepto mental que poseemos de cada uno de los objetos del mundo) con un significante (su representación fonética o como lo llama el, su “imagen acústica”). Lo que Saussure pregona con claridad es que la relación entre el significado y el significante es completamente arbitraria; es decir que no hay ninguna relación causal, natural o necesaria entre la idea de un objeto y el fonema que lo designa. No hay ninguna conexión lógica entre el concepto de la jirafa y su nomenclatura. Es decir, que pueda existir un animal con la descripción física de la jirafa no lo negaremos. Lo que negaremos aquí es que la jirafa (como conjunción de su concepto y su vocablo mismo) exista. Es decir, puede existir la jirafa como sonido, como imagen pero no como animal, no como cosa, porque no hay ley que, de una manera racional o causal, nos demuestre que lo que llamamos con el fonema”jirafa” no sea tal vez un elefante. Sólo con la finalidad de hacer nuestra teoría más sustentable, citaremos al viejo y querido René Descartes; alguien de su talla nos dará credibilidad en toda la comunidad científica. Nuestra negación de la jirafa se remonta justamente a ese debate original del filósofo francés; a esa división entre el mundo material (su res extensa) y el mundo de las ideas o del pensamiento (la res cogitans). Según lo que hemos mencionado hasta ahora:
1- La jirafa puede existir como significado o como significante, pero no como la suma de ambos (es decir, un signo) dada la arbitrariedad del mismo. Y si no, al menos su existencia es muy dudosa ya que nos estaríamos apoyando en una relación puramente no lógica, y sabemos que en el mundo de la ciencia todo lo que no es lógico es prácticamente una mentira.
2- El lenguaje es un sistema de signos.
3- La jirafa no existe como signo, por ende la jirafa no existe en el lenguaje (un sistema de signos).
4- Los humanos utilizamos el lenguaje como sistema de comunicación.
5- La percepción que tenemos de todos los objetos que hay en el mundo y cómo comunicamos esas percepciones es lo que nos permite visualizar (y afirmar) la existencia de esos objetos.
6- En la medida en que la existencia de las cosas (u objetos) depende de cómo comunicamos nuestras percepciones sobre ellas, algo que no existe en el lenguaje (o de existir, lo hace sospechosamente sustentado en una relación arbitraria) simplemente no existe.
7- La jirafa no existe.
Ahora bien, releyendo con detenimiento lo anteriormente postulado, nos damos cuenta que la hipótesis resultante puede ser aplicada a cualquiera de las cosas que “existen”. De manera que, al afirmar por los medios que hemos utilizado, que la jirafa no existe, estamos también afirmando que nada existe y que vivimos en un mundo en donde cada objeto (incluso nosotros) tiene un nombre arbitrario y por ende, equivocado.
En nuestro afán por demostrar la inexistencia de la jirafa, hemos accidentalmente demostrado la inexistencia de todo el universo.
Pero no teman amigos del átomo; la ciencia se vive y crece de refutación en refutación. No importa cuán descabellada sea nuestra teoría o cuán heterodoxos sean nuestros argumentos para sustentarla: siempre habrá alguien dispuesto a refutarnos de modos mucho más sorprendentes que estos. O quizás en un futuro cercano, seamos nosotros mismos quienes nos refutemos.




