EL ESCRITOR Y EL VENDEDOR DE ROSAS
14 Febrero 2009
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El escritor estaba algo desorientado aquella noche y decidió salir de su casa. Afuera, la desorientación era aún mayor: poca gente, muchas calles. Luego de comprar cigarrillos se decidió a abordar el colectivo que lo dejaba en el puerto. Cuando llegó, caminó unos metros mirando el río y tomó asiento en uno de los banquitos del segundo dique. Hacía casi un mes que venía trabajando en un texto que –consideraba- era el mejor y más elaborado texto de su vida hasta ese entonces. En realidad, el texto ya estaba terminado y sólo restaba escribirlo, pero iba a aprovechar la noche para cerrar las ideas principales y estar más organizado a la hora de dar el paso definitivo.




