LA GALERÍA – CAPÍTULO VII

Los cinco minutos transcurrieron lentamente mientras Dante aguardaba algún final, sentado en uno de los escalones del vigésimo cuarto piso. Hubiera jurado que antes de que el reloj terminara su curso, se presentaría Dominic para confirmarle alguna respuesta pero no fue así: el viejo no volvió nunca. Dante se quedó mirando el centro de reloj, viendo cómo los granitos iban descendiendo de a uno hasta que vio caer el último y cerró los ojos, con temor de sentir algún dolor. Los volvió a abrir y con terror notó que todo seguía igual.

No sucedió nada.

El reloj se había agotado y no había ocurrido ninguna cosa. Dante creyó que quizás tenía que hacer algo para activar algún mecanismo secreto e intentó abrir alguna puerta pero estaban todas cerradas. Comenzó a desesperarse. Si no sucedía algo pronto, toda su teoría se desmoronaba como un castillo de naipes.

Comenzó a gritar el nombre del viejo, para exigirle alguna explicación e insultarlo por sus mentiras: había sido él quien le había dicho que todo terminaría cuando los cristales concluyeran de intercambiar su arena. ¿O no había dicho eso? Trató de recordar la plática pero sus nervios se lo impidieron. Gritando, empezó a descender algunos pisos con pequeños saltos, tropezándose en el camino. Intentaba por todos los medios llegar a la planta baja sin saber por qué. Casi en cuatro patas, ya que se desmoronaba cada siete u ocho escalones, continuó el violento descenso y en el tercer piso sintió, de golpe, como si la galería estuviera empequeñeciendo. Perdió la conciencia del espacio y cayó por el borde de la escalera, quedando sujeto de la cornisa con la mano izquierda a más de treinta metros de distancia del suelo. Se sostuvo con todas sus fuerzas, pero la atmósfera le oprimía las tres dimensiones de su cuerpo mientras se convencía, a pesar de que su vista le dijese lo contrario, de que todo se estaba achicando. No tuvo otro remedio que cerrar los ojos debido al extremo peso de sus párpados y cuando los abrió ya no había nada más que oscuridad.

Se encontró nuevamente de pie sobre un terreno blando. Separó las piernas y abrió los brazos para encontrar una pared, pero no halló nada. Dando ínfimos pasos para ganar algún margen entre tanta abundancia, llegó a rozar una superficie rocosa y se apoyó en ella con toda su fuerza. Comenzó a avanzar, tanteando con las manos y los pies para evitar cualquier caída.

Sus movimientos eran torpísimos y la sensación de aplastamiento no había desaparecido. Las tinieblas que reinaban en ese lugar (la textura de las paredes y del suelo le confirmaban que ya no estaba en la galería) enrarecían la situación y, de pronto, sintió un terror inexplicable. Vientos huracanados que provenían de lugares desconocidos comenzaban a empujarlo violentamente hacia adelante. Se resistió tomándose de la rugosidad de las paredes laterales. ¿Se estaba muriendo de una vez?

¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¡Alguien responda!, gritó con violencia sólo para que el eco de su voz lo enloqueciera aún más.

¡Quiero salir! ¡Quiero salir! ¡Déjenme salir de una vez!

En esta oportunidad no hubo eco y todo enmudeció. Una luz cegadora le invadió los ojos eclipsándolo e imposibilitándole la visión. Todo se hizo blanco y sintió que caía muy lentamente hacia un vacío infinito.

Una respuesta para “LA GALERÍA – CAPÍTULO VII”

  1. Polanesa Dice:

    Voy a hacer lo posible por seguir su consejo, pero no prometo nada.
    Me estoy desesperando!

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