SE CASA MATÍAS – CAPÍTULO I
Estaba tomando unos mates con Laura cuando sonó el teléfono, interrumpiendo la merienda con noticias inesperadas. Atendí. La novedad era tan inesperada que Laura debió haber notado algo raro en mi cara ya que inmediatamente preguntó qué pasaba.
¿Qué pasa?
¡Me pregunta qué pasa! Se casa Matías, ¡eso pasa!
Intentó calmarme como si fuera poca cosa: que era normal, que ya era hora, que la edad, que se veía venir. ¡Cómo se va a ver venir el casamiento de un amigo! No entiende nada. Igual, pedirle que entienda es una estupidez. La voz de Juan cuando me lo dijo era la misma que hubiera puesto yo: demostraba todas las desgracias que vendrían. Porque no era sólo el hecho de que se casara Matías. Eran muchas cosas que iban a ir apareciendo: una charla entre todos para persuadirlo, aguantarlo hablando de cómo Vero le había cambiado la vida, de sus planes futuros, de su nuevo departamento, desistir de empujarlo a la soltería, organizarle una fiesta para que, al menos, sufra un poco y, como si esto ya no fuera suficiente, había que empezar a armarse de paciencia para los discursos venideros de nuestras respectivas novias.
Ya la estoy escuchando a Laura, como Juan habrá oído mentalmente a su Maru, lo que explicaba ese tono de voz al que me refería antes, cuando me dio la novedad.
Se avecinaban tiempos muy difíciles y Laura me quería calmar. No va a cambiar nada, no seas extremista. Claro, nada va a cambiar abruptamente. Primero vamos a perderlo de a poco: los jueves a la noche nos va a faltar siempre uno, lo que significa que alguno va a tener que conseguir un conocido para suplirlo. ¡Un conocido! Se quiebra absolutamente todo cuando se incorpora al equipo “el conocido de X”. Encima Matías jugaba para nosotros: no se puede jugar con un tipo al que tenés que llamarlo por su nombre. Es sencillamente una falta de respeto al deporte.
Después iba a empezar a llegar los sábados después de la pizza, ya cenado y cuando todos teníamos un par de cervezas adentro. Y, por último, simplemente no lo veríamos más.
Era imposible quedarse tranquilo con ese panorama. ¡Se iba a perder todo! Me estaba empezando a poner muy mal así que no quise ni siquiera pensar en las futuras demandas de formalización que me iba a hacer Laura con sus clásicas escenas telenovelezcas y me fui. Le dije que tenía que pensar y enfilé hacia lo de Juan sin avisarle.
Me abrió la puerta sin sorprenderse demasiado y me señaló el sillón para que me sentara mientras terminaba de hablar por teléfono. Maru ya estaba haciendo de las suyas: siempre fue la más rápida de todas. Cortó y nos miramos. No dijimos nada. A Juan lo conocía del barrio, nunca compartimos un aula o, si lo hicimos, preferíamos no recordarlo. Cada vez hablábamos menos porque nuestras miradas eran demasiado expresivas. Sin acotar nada sobre el llamado, se acercó y se agarró la cabeza. Lo abracé y le dije que lo que siempre temimos había llegado. Siempre supimos que Matías era el que iba a echar todo a perder. Desde los quince años que estaba claro. Pero igual dolía.
Sin haber organizado nada, los chicos fueron cayendo de a uno. Lucas llegó casi llorando, acongojado: el lo sentía más desde lo futbolístico. Ahora sí que nos rompen el orto fue lo único que dijo con referencia al tema en cuestión. Luego se quedó en silencio, cruzado de brazos hasta que tocó el timbre Gastón. Gastón era el nostálgico del grupo. Trajo cervezas y, mientras servía, empezó a arrimar recuerdos en forma de preguntas del estilo ¿Se acuerdan cuando lo llevamos a Mambo? Lo primero que hizo fue ir al baño: no se puede casar, no puede ser. Todos nos acordábamos de la historia de Mambo pero no quisimos revivirla. Además, si le dábamos pie a Gastón no iba a parar e íbamos a terminar todos llorando. No podíamos flaquear, pero ninguno tenía la iniciativa necesaria. En realidad, estábamos esperando a que llegara Diego. Ninguno de nosotros había sido convocado esa tarde a ir a lo de Juan y, por códigos inquebrantables, no podíamos llamarlo para pedirle que viniera: tenía que llegar solo. Nos estábamos impacientando un poco cuando sonó teléfono. Atendí yo: ¡Era Matías anunciando que pasaría por lo de Juan a tomar algo! ¡Gran oportunidad! Corté y se lo comenté a los muchachos. Lucas, sabiendo que Matías estaba a no más de diez minutos, hizo lo de siempre: prendió la tele y puso el canal en el que se veía la puerta del edificio para hacerle alguna chicana al suicida cuando llegara. Pero la joda la hizo el otro.
Nadie pudo creer que se animara a tanto. Sonó el timbre, todos miramos a la tele y la figura de Matías se dibujó junto a la de… ¡Verónica! Nos escandalizamos e insultamos su desfachatez. Por primera vez en catorce años, no atendimos.





Noooo! Jajajaj, qué falta de respeto por diosss!
Yo de casados ni entiendo ni creo ni confío. Pero de novios gobernados sí. Aunque las novias gobernantes son peores. Porque no desaparecen, todo lo contrario. Aparecen constantemente, a cada minuto, para contarte sus nuevas alegrías y frustraciones amorosas.
Y las amigas dicen: “Pero no ves que ese tipo es un pelotudo?”, y las mujeres no entienden, no entienden.
Y los amigos dicen: “Pero no ves que desde que estás con esa mina estás hecho un pelotudo?”, y los hombres no entienden, no entienden.
Me gusta el arranque de esta historia. También me gusta el contraste que hace con la historia anterior. Espero el segundo round.
Saludos!