Después de unos minutos de insistencia, Matías se cansó y se fue abrazado a su futura esposa, mientras nosotros seguíamos esperando a Diego. No planearíamos ninguna estrategia hasta que él llegara y nos diera su aval. Diego era el único soltero y, un poco por eso y otro poco porque era el que mejor jugaba, lo respetábamos más que a ninguno.
Llegó sin hacer mucho espamento cuando ya era de noche, típico de él, con sus infinitos cuadernos bajo el brazo y abrigado como si estuviera en Canadá. Apoyó los cuadernos, nos miró y como un médico que se dirige a la familia del paciente, dijo: No creo que podamos hacer nada. A los demás no nos cayó nada bien la repentina resignación. En el fondo, todos sabíamos que no se podía hacer nada, pero igual había que hacer algo. Diego se fue a lavar los dientes (siempre se lavaba los dientes antes de tomar alcohol) y mientras se enjuagaba, el portero golpeó la puerta. Le entregó a Juan un papelito. Juan se sentó, lo miró y anunció que para leerlo había que esperar a Diego. A Diego siempre había que esperarlo: al principio era molesto, pero a fuerza de insistencia, ya nos había acostumbrado.
“Chicos, seguro que se fueron a comprar algo. Después capaz que me doy una vuelta. Pasé con Vero porque queríamos darles la novedad: ¡ya tenemos departamento y fecha para el casorio! Vayan preparándose que va a haber chupi de sobra. Mati.”
Gastón se quebró.
Todos nos quebramos pero el resto en silencio, exceptuando a Diego que, como siempre, ya estaba amasando alguna reflexión. Es más grave de lo que pensé. Yo sé que los aburro con mis conclusiones lingüísticas pero… hizo una pausa para ver si alguno se oponía y como todos lo mirábamos con atención, siguió… Creo que en… ¿Cuánto hace que nos conocemos, quince años? En quince años nadie jamás se atrevió a decir “casorio”. Punto número uno. El segundo punto es peor… Dijo “chupi”, ya habla como un esposo. Gastón se limpiaba la nariz con una servilleta y Lucas, como no queriendo escuchar el final en el que todos habíamos reparado, se fue hacia la ventana. Y por último, aunque nos duela, ya no hay Matías, ni Turco ni Fosa –apodo que se había ganado por el tamaño de sus narinas-. Ahora es “Mati” y hay que admitirlo.
Gastón se encerró en el baño y Lucas salió a fumar al balcón. Juan y yo nos quedamos en silencio con Diego que nos había tirado un balde de agua fría con su aburrida pero irrefutable semántica. Tenía razón y se acabó, ahora era Mati. Diego siguió disertando sobre los cambios de nuestro amigo pero dejamos de escucharlo porque el reloj nos estaba apurando. Había que actuar, ya no había chances de persuadirlo de nada así que era hora de pasar a la organización de la fiesta. Pero Diego se nos anticipó: ¿No estarán pensando en hacerle una fiesta al boludo este? Todos nos quedamos duros ante la pregunta. Lucas se apuró volviendo al living y apoyó a Diego: no había que hacerle nada, por ingrato. El tipo sabía que estábamos muy tristes por su decisión y que nos dolía en el alma: no había motivo para fingir una alegría realizando un festejo. No se lo merecía.
Diego nos convenció fácilmente y todos abandonamos la idea de alguna fiesta o despedida de soltero pero algo teníamos que hacer: por más que Diego dijera que cualquier esfuerzo era en vano. Le pregunté qué debíamos hacer entonces y se tomó unos segundos para responder. Nadie se esperaba que justo él, el tipo que estaba soltero y que sabía que todos los demás nos casaríamos tarde o temprano, el único que no se vestía de traje y nos tenía acostumbrados a una mezcla de buenas intenciones e indiferencia, dijera algo así.
Si se quiere casar, que se case. No vamos y listo.
Automáticamente lo insultamos todos y agregamos verborrágicas preguntas del estilo ¿Cómo no vamos a ir?, que fue formulada por mí mismo. Diego soltó uno de sus discursos postulando que si nos molestaba tanto que se casara, en lugar de festejar, debíamos repudiar su decisión y que lo mejor sería, antes de que se fuera él, que nos fuéramos yendo nosotros y así con cada uno que se casara. Que fuera el grupo quien abandonara a los desertores y no a la inversa.
Nos vamos a ir yendo de a poco hasta que voy a quedar yo solo, sin esposa y sin amigos.
Lo que postulaba era duro, demasiado para un grupo de blanditos como éramos nosotros. Pero hay que reconocer que tenía cierta mística y que nos libraba a todos de las dolorosas borracheras de despedida, y de algunas confesiones que todos sabíamos de antemano -y que era mejor no oír-. Nos quedamos en silencio porque sabíamos que era una medida drástica pero, sin embargo, nadie se atrevió a refutarla.
Luego de charlarlo demasiado y de que Gastón se tranquilizara y dejara de llorar, Juan le permitió a Lucas fumar en el living y yo tomé las riendas del debate. Ninguno tenía una idea mejor. En realidad, como pasaba siempre, ninguno tenía una idea y, como era habitual, terminábamos por adoptar las propuestas de Diego, que era el único que decía cosas.
Cuando la decisión se consensuó, el silencio se volvió incómodo pero necesario, como en un velorio. A su modo, cada uno estaba comenzando su duelo: Lucas seguramente se acordaba de las mágicas asistencias que Matías supo acariciarle, Gastón tal vez rememoraba viejos y polvorientos recuerdos, Juan debía pensar si era necesario regalar el sillón que Matías había comprado cuando vivían juntos, Diego tal vez recordaba los primeros acordes que compusieron en el secundario y yo me acordaba de su hermana.
Mientras todos secábamos nuestro dolor, volvió a sonar el timbre y esta vez fui yo el que prendió el televisor. Era Matías y estaba solo. Con resignación y algunas lágrimas en los ojos, todos apagamos el aparato y lo ignoramos. Ninguno de nosotros volvió a verlo.
7 Junio 2009 a las 01:11
Jajajaj, me mató lo de “casorio” y “chupi”.
Qué velocidad che!