SE CASA MATÍAS – CAPÍTULO III Y FINAL
Lo que pasaba ahora era que todos temíamos que el grupo nos abandonara. Tal vez ese era el sentido oculto de la terminante propuesta de Diego. Que, ante el temor de que el grupo nos abandonara para siempre, ninguno se atreva a casarse. No estaba mal pensado, de no ser por el hecho de que no hay amistad que compita ante el amor de una mujer. Al menos para nosotros, Diego había tenido muchos más amores que nosotros pero nunca se había distanciado. Los demás nos habíamos puesto de novios al salir del secundario y así permanecíamos sin conocer ninguna pluralidad en cuanto a mujeres se refería.
Diego nos pedía, con sus actitudes y sus propuestas, que nos sinceráramos con nosotros mismos y con él. Solía acudir a las reuniones sólo para desenmascarar nuestra amistad. Si todos nos íbamos a terminar yendo con la mujer que se nos había topado en el camino, no valía la pena retrasar la despedida ni fingir una fraternidad eterna que se iba a desplomar ante el primer capricho de una hembra. Lo había dicho mil veces: lo que no era eterno o, al menos, lo que no le prometía alguna eternidad, no le interesaba. Y desde que había terminado el secundario, el grupo no prometía nada.
A los pocos meses de la desvinculación de Matías, Laura se mudó a casa. Me dolía ser tan feliz junto a ella. Ya nadie asistía a la canchita y me molestaba mucho que me gustara tanto pasar las noches de los jueves a su lado mirando alguna película. Cambié las cervezas nocturnas por los mates matinales: hasta me despertaba más temprano para desayunar con ella antes de ir a trabajar.
Diego lo había logrado. Me alejé del grupo antes de que me terminaran echando. Calculo que, a su tiempo, todos habrán hecho lo mismo. Era tal el temor de vernos expulsados por nosotros mismos que nos terminamos aferrando a las mujeres para no decepcionar a los amigos.
Una noche, al llegar de un curso de idioma que me pagaba la empresa, encontré a Laura dormida en el sillón y, por primera vez, comprendí las palabras de Diego. Aquellas referidas a la eternidad prometida. El hijo de puta siempre tuvo razón.
Tenía la boca triste, como si estuviera soñando con algo feo y el pelo se le había enrulado de tanto moverse. Estaba abrazada al almohadón del sillón y se había sacado las zapatillas. No le gustaba andar descalza, pero se nota que estaba muy cansada. Yo sabía que era muy posible que lo que sentía en ese momento, sin siquiera haber dejado las llaves en la mesa, no duraría más que un par de años. Pero Laura me prometía cosas, dormida en el sillón, con la tele sin volumen de fondo y una notita en la mesa que me avisaba que, otra vez, había llamado Juan, Laura me juraba que se quedaría por siempre. Apagué la tele y la cubrí con una frazada.





Pero cheeee, que determinante lo de Diego!!
En fin, no estoy muy de acuerdo con el final (?), pero igual me gustó mucho la historia.
Saludos!