CONFESIONES DE UNA CIUDADANÍA (SUICIDA)
Es más fácil gobernar una ciudad acostumbrada a
vivir en libertad utilizando a sus propios ciudadanos
que de cualquier otra forma.
MAQUIAVELO
La queja constante y el acto de echar culpas constituyen dos de las actividades más arraigadas de todo argentino que se precie de tal. Ambos accionares intentan justificar, por un lado, la perpetua pasividad de una sociedad que ya no elige -no por ser oprimida sino por haragana- y, por el otro, silenciar los pequeños atisbos de conciencia social que se resisten a morir en una ciudadanía suicida.
Muchas veces se ha dicho no sin cierto pesimismo maquillado de optimismo (en la literatura y en otros ámbitos) que el Diablo tiene un poder, en realidad, limitadísimo. Él sólo puede tentar a las personas: ofrecerles delicias, dinero, fama, poder o amores a cambio de una diminuta almita. Si los humanos no cedieran a ese tipo de encantos, el Diablo no podría hacer absolutamente nada. No obstante, el inmenso poder que el Demonio supo construir reside en la astronómica y proverbial debilidad del humano que, aunque se disimule, nunca ha perecido. El humano cede, el Señor de las Tinieblas gana. Fin del juego.
Algo parecido, pero a la inversa, se puede pensar de la democracia representativa. Tanto el sistema político como el sistema electoral que propone son ciertamente muy poco perfectibles. Resulta difícil creer que una sociedad pueda disponer de un sistema político más igualitario que una democracia, a no ser que tanto los representantes como los electores hayan sido demasiado contaminados, proceso en el que el paradigma posmoderno con sus relativismos seguramente tuvo algo que ver. Lo que arruinó a la democracia no fue su sistema político ni el neoliberalismo ni la televisión: fueron los humanos. Si, en todo caso, ha llegado la hora de cambiar de sistema –como postulan algunos- no será porque la democracia ya no esté a la altura de los individuos sino porque los individuos ya no están a la altura de la democracia.
Génesis de una falsa ciudadanía.
Alguien le hizo creer a la sociedad de las últimas décadas del siglo XX que la democracia necesita, para su propia reafirmación y desarrollo, debatir sobre el poder, sobre su constitución y formas de construcción. Es decir, han instaurado una visión interesadamente reduccionista cuyo resultado es que se debata, se charle, se discuta al tiempo que desaparece la soberanía pero se duerme con la conciencia ciudadana tranquila: al menos la queja está permitida.
Por ese motivo la discusión sobre los medios, sus agendas y los sistemas de propiedad, se ha convertido en el único derecho ciudadano del que parecen ser esclavos consumidores y productores de medios. Let it be.
Esto implica que, en una de esas, a nadie le interesa que exista una verdadera democracia o una verdadera libertad, sino el mero hecho de reclamarla o exigirla lo que, más de una vez, termina por afianzar el statu quo. Si es cierto que la comunidad está sometida a los vaivenes de una economía eternamente inestable, a los caprichos de los dueños de los medios de comunicación o a una escasa oferta de ideas en el escenario político, hay que aclarar algo: ese sometimiento es voluntariamente legitimado.
Si hacemos memoria, antes de 2001 la sociedad se jactaba de estar a-politizada. Ante el escenario demoledor que impuso la crisis que terminó con la renuncia de De La Rúa, la cosa cambió pero sólo en apariencia: surgieron asambleas vecinales, se comenzó a escuchar la palabra “debate” más a menudo y era frecuente oír en los colectivos o subtes pequeñas charlas sobre la opresión de los medios, la falsedad de los candidatos, etc. Los que abrazaban alguna esperanza, creyeron que eso era un síntoma de innegable cambio. Dos años después, Menem – Romero fue la fórmula más votada con el 24% de los votos.
Cambios y no-cambios en la sociedad democrática.
Es cierto que hubo infinitos cambios fomentados por el avance tecnológico (sobre todo en el ámbito comunicacional) pero también es verdad que en la vorágine de debatir y de buscar culpables para un panorama desolador, a veces se confunden supuestos cambios con situaciones que han existido siempre en el marco de una democracia “del pueblo”.
Por ejemplo, mucho se discute la representatividad de los partidos políticos actuales. Tal vez haya que preguntarse si en realidad hay algún interés que representar pero, antes de eso, vale aclarar que el hecho de que los partidos políticos representen los intereses de sólo un sector minoritario de la sociedad no es algo nuevo, sino algo constitutivo de toda democracia desde sus comienzos (salvo algunas pocas excepciones que, en un marco democrático, muy pocas veces llegaron al poder). De hecho, ya en 1789, el Tercer Estado de la Francia pre-revolucionaria, se autoproclamo “partido del pueblo” y, con el apoyo de grandes grupos de escasos recursos (Sans Culottes), logró finiquitar el movimiento revolucionario y terminar con la monarquía absoluta. Una vez en el poder, instauró un gobierno con políticas liberales que al que menos benefició, fue al pueblo.
El discurso representativo popular (aunque sólo se persigan intereses propios) no es algo nuevo. Qué decepción, ¿no?
No obstante, hay cosas que sí cambiaron.
Ante la necesidad de evaluar opciones políticas y tomar decisiones electorales, se observa en los votantes actuales una clara tendencia a recurrir a los medios masivos de comunicación (en especial a la televisión) en lugar de dirigirse a los comités u otras organizaciones partidarias (en parte porque estas ya no existen, pero tampoco nadie las demanda). En efecto, la televisión logra generar un poderoso “vínculo personal” con cada ciudadano y, en consecuencia, se erige en la más influyente instancia del proceso de formación de la opinión pública. La significancia de dicha influencia se acentúa en los períodos preelectorales ante la necesidad de los partidos políticos de comunicar a gran escala sus no-propuestas. No obstante, como en el cine, lograr la conmoción es fácil.
Pero ojo, la ley del menor esfuerzo empieza desde abajo.
Con la caída de los comités (que son harto difíciles de encontrar luego de períodos electorales), la relación entre los partidos y los ciudadanos perdió la bipolaridad. En aquel momento, los partidos se dirigían a la gente para exponer sus ideas innovadoras y éstos se dirigían a los partidos para afiliarse al que más lo identificara. Hoy esa relación pasó a ser unilateral por medio, sobre todo, de la televisión: el partido se dirige a la gente pero la gente no se dirige al partido, sólo cumple el rol del más puro espectador. Esto acarrea la perdida de las ideas como vehículo transmisor de afinidades para dar paso a la frivolidad.
¿Voto negativo o mera haraganería?
Desde finales de la década del noventa se suelen escuchar opiniones que afirman que los argentinos votan en negativo: que en lugar de votar por el mejor candidato, votan por el menos peor. Cabe, en alguna medida, preguntarse efectivamente se trata de votar al mal menor o de votar al candidato más popular porque es lo que hará la mayoría y, al hacer esto, se legitima una posible queja futura: “nos engañaron, ¡que se vayan todos!”. Es decir, que se recurra a Susana Giménez para reflexionar sobre la pena de muerte, no es culpa de Susana Giménez.
Más allá de la destrucción de toda democracia real (la formal, sin dudas, sigue existiendo), este tipo de actitudes tan corrientes en la primera década de este nuevo siglo acarrea el peligro de elegir al candidato que mayor cantidad de promesas realice. Eso le da más margen para no cumplirlas y, como se dijo, legitima todo tipo de queja o reclamo futuro, cacerolas -y destitución de un gobierno constitucional- mediante.





Ahhh… muy bueno lo que escribiste.
Es todo un tema esto de la “democracia”.
Sobre lo del voto negativo puedo hacerme cargo. Nunca voté decidida por alguien en especial porque nunca ningún candidato llamó verdaderamente mi atención (voto hace muy poco y, aún la primera vez que voté, no encontré nada nuevo). Siempre voté “al que prefiero antes de..”, a no ser en el último ballotage por el jefe de gobierno, que me obligaron a impugnar dadas las circunstancias.
La realidad es que no existe una verdadera “elección”. No tenemos demasiadas opciones que nos muevan a interesarnos por la política, menos que menos por algún partido político en especial. Pero no es este el fracaso de la democracia.
Ya lo escribí en otro blog, hay un problema muy grande y es que la sociedad no sabe lo que es la democracia, porque no tiene consciencia de sus derechos. Es muy triste ver como comparan con alegría nuestra victoriosa democracia con el infame pasado militar, haciéndonos creer a todos que la democracia se trata de eso: de votar una vez cada tantos años, de no tener miedo de desaparecer ni de ser torturado, de poder reclamar mínimamente algo cuando ya la cosa está demasiado podrida, y nada más. Y los derechos humanos quedan fuera de nuestro alcance y de nuestros sentidos.
Ahora ves los resultados de las elecciones y te das cuenta de que la gente no vota ideas ni propuestas, sino que vota según la imagen de cada candidato. Y ahí no hay democracia, sólo marketing. Nos venden lo que nos quieren vender, nunca lo que realmente necesitamos. Esa es la lógica de nuestro sistema.
En fin, creo que me pasé toda la tarde discutiendo sobre lo mismo y mañana tengo un parcial, jaja. Así que me fui.
Saludos!!