“La razón me convence de que a las cosas que
no sean enteramente ciertas e indudables, debo
negarles crédito con tanto cuidado como
a las que me parecen manifiestamente falsas.”
René Descartes.
“Un oráculo… Pero por favor, ni a los griegos les daba resultado eso. Como decía Pierce: todo porvenir ya sucedió”. Ágata se repetía constantemente ese razonamiento mientras subía por las viejas escaleras que llevaban al departamento de Dafnis, una bonita muchacha que adivinaba los porvenires en Once. “Los años no vienen solos”, pensó mientras las várices le producían un profundo malestar en todo el cuerpo. Estaba segura de que el eco que producían sus zapatos al chocar con los escalones resonaba en todas las habitaciones del edificio. Cansada, como los maridos que hacen zapping cuando su mujer se queda dormida, llegó al séptimo piso y golpeó la puerta que tenía una C debajo del dintel. Nadie respondió. Pasaron unos segundos y decidió entrar. Todo estaba como siempre: la habitación oscurísima, las paredes pintadas de negro y también aquella luz azul que iluminaba el largo pasillo que conducía a la puerta amarilla. Sin golpear, entró; una joven hermosa con los ojos cerrados y vestida de verde oscuro la instó a sentarse. Dafnis llevaba ropaje escotado, varias binchas, los párpados pintados de violeta y algunos collares que pendían de su largo cuello, con ternura infantil.
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